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28 DE FEBRERO DE 1246
El Pacto de Jaén: un hito en la Reconquista
El 28 de febrero de 1246 se firmó el Pacto de Jaén, un acuerdo que marcó un punto de inflexión en la Reconquista. Este pacto definió las relaciones entre el reino cristiano de Castilla y el naciente reino nazarí de Granada. El tratado simbolizó el equilibrio temporal entre ambas potencias y tuvo consecuencias fundamentales para la configuración política de la Península Ibérica.
En aquel momento, la Península se encontraba en una fase avanzada de la Reconquista. Los reinos cristianos, encabezados por Castilla y León, habían proseguido su expansión hacia el sur tras la decisiva victoria en las Navas de Tolosa (1212). Para 1246, solo el reino nazarí de Granada permanecía como bastión musulmán significativo. Por otro lado, Granada, cuyo rey era Muhammad I ibn Nasr (Alhamar), se enfrentaba a una situación crítica. Rodeada por los avances cristianos y con recursos limitados, no podía resistir una ofensiva a gran escala.
El origen inmediato del pacto hay que buscarlo en la toma de la ciudad de Jaén, que el Rey Santo había sometido a asedio durante ocho meses en el marco de la campaña emprendida en 1245. Alhamar comprendió lo precario de su situación y rindió la plaza. Los intereses estratégicos de ambos monarcas estaban claros. Para el rey castellano, el acuerdo ofrecía estabilidad en su frontera sur y le permitía concentrarse en otras campañas militares. Además, mediante un tributo anual, aseguraba un flujo constante de recursos. Para Alhamar, convertirse en vasallo de Castilla era una decisión pragmática, ya que garantizaba la supervivencia del reino nazarí frente a la amenaza inmediata de conquista.
El contenido del Pacto de Jaén incluyó varios puntos clave. Alhamar reconoció su condición de vasallo de Fernando III y se comprometió a pagar un tributo anual. También se fijaron las fronteras entre ambos reinos, garantizando cierta autonomía interna para Granada. Además, Alhamar debía prestar apoyo militar a Castilla cuando fuera requerido y no podía hacer la guerra con terceros sin la autorización de las Cortes de Castilla. A cambio, Fernando III ofrecía protección al reino nazarí frente a posibles agresiones externas.
Las consecuencias del pacto fueron profundas para ambas partes. Para Castilla, significó consolidar su dominio sobre gran parte de la península y obtener recursos adicionales que fortalecieron su posición hegemónica. Para Granada, permitió la existencia del reino nazarí hasta 1492, manteniendo su cultura y autonomía interna bajo ciertas limitaciones. Sin embargo, a largo plazo, Castilla fue la gran beneficiada, ya que el vasallaje debilitó políticamente a Granada y preparó el terreno para su incorporación al territorio cristiano.
José Manuel Roldán Tudela